Monday 19 May 2008

Monumento de la Revolución





No pocos de los encantos de la Ciudad de México se deben a la ironía. Véanse sus monumentos: un Palacio de Bellas Artes que exalta sus regias terrazas marmóreas, tan florentinas o venecianas, hacia... espacios de fritangas y estacioamientos; un Hemiciclo a Juárez que más que honrar al enemigo del imperio francés, es en sí -ninfas, leones, columnatas y demás decoraciones de mármol- un monumento a la cultura "segundo imperio" de Napoleón III; un Ángel de la Independencia resignado a hacer el papelazo de strip-tease en las alturas, y erigir inocentemente los dorados laureles de la soberanía nacional... entre Panamerican, el Sheraton y la embajada de los Estados Unidos. Finalmente, para abreviar, un Monumento de la Revolución como patio de la CTM -patio que en su momento, el regente Carlos Hank González quiso convertir en manifestódromo o galgódromo para que los descontentos no protestaran en las calles de la ciudad: que lo que quisieran gritar, lo gritaran aquí, para que no molestaran a ningún automóvil, ni se hicieran ver ni oír por nadie.

Para seguir con ironías: el Monumento de la Revolución lo construyó...¡Don Porfirio! (como parte de las obras para el proyectado Palacio Legislativo). Y si bien en 1938 se concluyó su remozamiento como monumento, firmado aún con letras no menos monumentales por el arquitecto Carlos Obregón Santacilia y el escultor Oliverio Martínez, todavía no logra instalarse muy bien como cosa revolucionaria.

La plaza donde se asienta se sigue llamando, juaristamente, de la República, como quisiera el proyecto porfirista, y no de la Revolución, a la vez que las calles que en ella desembocan, en lugar de aludir a las divisiones del norte y del sur, a Villa y a Zapata, a Felipe Ángeles y a Lucio Blanco, celebran los parlamentarios nombres de Juárez, Lafragua, Ignacio Ramírez, Vallarta, Gómez Farías (en cuyo camellón famélico siguen empolvándose exóticamente ocho palmeras, atarantadas de smog), José María Iglesias, Ponciano Arriaga, Ramos Arizpe...

En torno al monumento el capital financiero alza sus banderas, que a la hora de los mítines compiten con las políticas, y así vemos las aseguradoras y afianzadoras, los bancos, más algunas desordenadas dependencias del ISSSTE (en larga reconstrucción después de los sismos de 1985, pero no exentas de comercio fayuquero en sus umbrales), algunos cubículos y confesaderos de la horrísona policía judicial, algunos hoteles y el amarillo y pronto legendario Frontón México (que lleva años de huelga de pelotaris).

Defínase la Plaza de la República como un estacionamiento erizado de astabanderas.

En las manifestaciones oficiales, las monumentales pancartas y los retratos de los héroes habrán de rivalizar con la decoración instalada: la pantera del brandy Etiqueta Negra, el perro de La Guardiana, la insistente porra de Café, Café... Nescafé... la rara cruz del Hotel Principado, los vaqueros de Marlboro, las imperiales banderas de Aseguradora Universal y el escudo medieval y leonado, con torreones y yelmo, de la afianzadora Cossío (magnate inmobiliario del deporte mexicano: Plaza México, Frontón México... qué curioso que entre más extranjeros -españoles- sean los dueños de las grandes construcciones capitalinas, más insistan en llamarlas a todas "México", como si no existieran otros nombres en el idioma... el Hotel de México fue el proyecto del español Suárez)... también se anuncian las cervezas XX y Superior, los búhos de Sanborns, etcétera.

Y sobre todo, la proliferación de los cables y las antenas: cables de aquí y de allá, hiladuras entre los mástiles del estacionamiento.

En la esquina de Plaza de la República y Ponciano Arriaga, el fantasioso Frontón México todavía muestra sus lemas, hace muchos retirados, pero aún visibles como sobra sobre el encalado amarillo, con letras imperiales, tan imperiales como asl que anuncian el Chocolate Carlos V: "Mi cuerpo sostendrá mi espíritu... Centro Atlético Mexicano".

Cuando la Ciudad de México quiso ser una Nueva York en planta baja (en vez de Los Ángeles, como ahora, de azotea), se fueron ordenando, en torno al monumento, los edificios de unos cuantos pisos, cuadrados y chatos, con muros de piedra y ventanas cuadriculares, que hacían alguna combinaicón familiar con el monumento.

Luego, a mediados de siglo, cuando muchos de ellos decayeron o fueron demolidos y sustituidos por los inevitables rectángulos verticales de cristal (muy dañados o derrumbados por los temblores de 1985), el monumento se vio exageradamente masivo y fuera de época, de tono y de lugar.

Si mediante su monumento quisiéramos entender la revolución, nos diría: la Revolución no la hizo el pueblo, ni siquiera los revolucionarios, sino ¡los propios presidentes de la República!, únicos que aún en tiempos rebeldes hacen y deshacen su este país.

Y tuvieron que hacerla, además, con masivas escenogravías teotihuacanas (como mandadas traer de las bodegas del Ballet Folklórico), para las escalerillas y las fuentes, las franjas de pasto para tumbarse y entretener el desempleo, la pinta o la vagancia durante el día; o ya de noche, echarse un faje o una chela a escondidas, a la sombra cómplice de las enormes moles tutelares.

El monumento, de un negro medio blanqueado, y de un café mugroso que le tira a gris, tiene en las puertas principales de cada uno de sus cuatro pilares, con escudo oficial, el santuario de un presidente: Madero, Carranza, Calles, Cárdenas... (En el pilar de Madero, por una cara lateral, una puerta estrechita y como de servicio, logró colarse tardíamente y como de refilón, Pancho Villa, cambiándose para tal monumental ocasión su célebre nombre confianzudo, por el más presentable de Francisco).
Arriba, junto a la cúpula, al exterior, destaca una estatuaria que quiso proponer a un país de desnutridos, el dudoso cuerno de la abundancia de las efigies obesas de sus exuberantes líderes: las nalgotas, los cachetotes, los labiotes olmecas, los puños de manotas chatas y rechonchonas. Se diría que puro boxeador (después de 20 años de retiro) se encarama como ideal en nuestros monumentos revolucionarios.

Ya en 1941 escribió Mariano Azuela en su novela Nueva burguesía: "El Monumento de la Revolución se levanta sobre cuatro colosales patas de cemento y hierro; cuatro arcos escuetos sostienen su gigantesco casco de acero. En la base de la cúpula, en cada uno de sus ángulos, sobreslen en altorrelieve bloques de concreto, cuerpos masudos, cabezas aplastadas, caras cuadrangulares y manos como sapos monstruosos acariciando barrigas repletas a reventar. Molesta un poco su simbolismo cruel; pero su bestialidad es casi sublime. Hay que convenir en que la interpretación ha sido un acierto y, desde muchos puntos de vista, genial."

En torno a estos arcos, en la explanada, se alzan pilotes de piedra negra, con águilas malencaradas, más bismarckianas que aztlánticas, sin cortarse las intimidatorias uñas de sus crispadas -engrifadas, diría Balbuena- garras, con alas semimperiales; estos pilotes rematan en unas pagoditas metálicas (muy supersónicas hacia 1939) que ahora sirven muy bien para soportar los reflectores.

Bajo el arco del monumento, a la sombra de la cúpula, a veces hay palomas (menos confianzudas que las de los templos y aleros vecinales); y en la base de los pilares presidenciales, se lee con toda claridad y a gis:
Lupe y José Luis, así como unos trazos infantiles de coches de carreras, grandes, precisos, muy lindos.

Como fue construida como palacio y no como explanada, la Plaza de la República tiene cimientos metálicos muy costosos, empresa ingenieril muy complicada hacia 1910; en los años ochenta se decidió ocupar esos sótanos de cimentación para un Museo de la Revolución. en los laberintos subterráneos de la Plaza dela República resuenan, como mensajes del Fantasma de la Ópera, las arengas sobre los próceres que pronunció en el museo recién inaugurado Alejandro Brito. Si usted acerca la oreja a alguna alcantarilla, seguro lo escuchará exclamar algo sobre Cananea.

La CTM construyó un espacio privilegiado de la Plaza de la República su Palacio de los Sindicatos, su Palacio Obrero, en un predio donde estuvieron el Teatro Principal, dedicado a obras frívolas, y un bar clandestino donde, en una razzia, fue detenido el escritor Luis González de Alba, quien llevado ante el ministerio público con tamaño aplomo dijo -y fue creído- llamarse Pancho Villa. Según constó en actas (y en el periódico Unomásuno de la época), "Pancho Villa" fue detenido en una razzia en un gay bar a principios de los ochenta. Como se ve, hay algo de farándula y discotheque en esto de los monumentos y las revoluciones.

Agrandada, la CTM ocupó media manzana, con seguros e imponentes ventanales al monumento, desde los cuales pensó recibir los vítores durante sus acarreos, pero los tiempos difíciles más bien le han recopilados las rechiflas de los mítines y las manifestaciones de oposición.

Y no: ni la Plaza de la República cambió su nombre por el de Plaza CTM, ni sus avenidas dejaron sus nombres antiguos para ensalzar a Fidel Velázquez, Blas Chumacero, Gamboa Pascoe, Napoleón Gómez Sada... Ni siquiera atruenan los obrerísimos nombres de Lombardo Toledano y Morones.

Según declaraciones de Moro Ávila ante el ministerio público, en un restaurante cercano a la plaza, se decidió el asesinato de Manuel Buendía. Y es que por ahí hay oficinas de judiciales, como antes las hubo de diputados. Todos los cabitos se unen en tal monumento.

También hay redacciones de diarios y revistas: durante más de una década, yo cruzaba el Monumento de la Revolución y sus alrededores para ir a cobrar mis artículos a Revista de América (de Gregorio Ortega, en Edison) y a Siempre! (de Pagés Llergo, en Vallarta). No quedan lejos las oficinas de El Día, El Nacional, El Universal, Excelsior, La Prensa, Novedades...De modo que también se hizo famoso el rumbo por su botaneras cantinas de periodistas.

En uno de los tres edificios semejantes de Avenida Juárez, a escasos metros del monumento y a la mera vera de sus molestas manifestaciones diarias -y a veces, varias por día-, ha vivido durante la mayor parte de su vida Lola Álvarez Bravo.




José Joaquín Blanco
Los mexicanos se pintan solos. Crónicas, paisajes, personajes de la Ciudad de México
Ciudad de México Librería y Editora S.C.
1990